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"Reiniciando: Continuidad o Nuevos Paradigmas"

*Por Luis Ulla, Director de IARSE

Desde que en marzo de 2020 se oficializó que el mundo había ingresado en una Pandemia de Covid 19 , inmediatamente comenzamos a escuchar diferentes teorías y razones de causalidad. Muchas de ellas, ligadas a la situación ambiental y de crisis climática que vive el Planeta Tierra en la actualidad.

Esta situación y sus riesgos posibles -claros, pero aún imprecisos- ya venían siendo advertidos desde hacía varios años por instituciones muy diversas que, desde sus particulares perspectivas de interés, llamaban a prestar atención al problema en espacios de diálogo y debate bien heterogéneos. Primero fue el mundo científico el que, aportando datos, cifras y proyecciones lanzó las primeras alertas sobre un abanico de posibles consecuencias que debían esperarse si se continuaba desatendiendo el problema.

Todas las alertas que el mundo científico viene aportando, a partir de que cada día se dispone de más información y capacidad para interpretarla, parecieron no alcanzar para movilizar a los líderes globales y locales para que fuesen capaces de generar respuesta preventivas tempranas y eficaces. A partir de allí se comenzó a hablar en los espacios de la política, acerca de los riesgos que devienen del calentamiento global. Con niveles de intensidad y calidad muy heterogéneos en los respectivos gobiernos nacionales, y con la formalidad característica con la que se abordan los temas en los ámbitos supranacionales y en las entidades multilaterales, se acordaron y trazaron objetivos, a los que muy pocos se comprometieron seriamente.

No todos los gobiernos tratan el tema del calentamiento global con la misma seriedad e intensidad. Algo que luego se hizo evidente en la disparidad de las políticas públicas que se implementaron.

Algo similar ocurrió en el también heterogéneo ámbito de los negocios, y en diversas escalas y espacios de representación, aparecieron discursos por demás elocuentes de los máximos directivos, donde los enunciados esperanzadores de transformación, luego se tradujeron en muy dispares compromisos; algunos muy ligados al valor estratégico del disímil mapa de los mercados.

En los centros económicos más importantes del planeta, los compromisos empresariales se tradujeron más rápidamente en políticas y decisiones tangibles tanto en los modelos de producción como en los de consumo. A medida que uno se aleja de esos centros iluminados por el dinamismo económico, las acciones concretas parecieran ir tornándose más difusas, débiles y hasta contradictorias.

El tema de los riesgos para la humanidad y para todas las demás formas de vida en el planeta, tampoco estuvo fuera de los debates de la sociedad civil y de la academia, en especial en los foros de discusión sobre las dimensiones ambientales de una crisis posible y cercana. La pandemia puso de manifiesto que el mundo académico aún no alcanzó a formar una masa crítica de profesionales auténticamente comprometidos con el desarrollo sostenible. Del mismo modo, la fuerza del golpe Covid, demostró que las organizaciones de la sociedad civil aún no están lo suficientemente cohesionadas y organizadas como para influir con más fuerza y eficacia en favor de los cambios necesarios.

Mientras algunos todavía consideran que las evidencias disponibles no son lo suficientemente claras como para apurar reacciones planificadas, urgentes y respaldadas con presupuestos sólidos y coraje para decidir; otros especialistas acuerdan que el surgimiento de la Pandemia no ha sido precisamente un “cisne negro”, sino un enorme, pesado y violento “rinoceronte gris”.

Así, aún sin tener uno o varios culpables específicos definidos y apuntados, se fue asentando la idea de que esta crisis -que al parecer en los países más pobres no ha terminado de mostrar lo peor- puede corresponderse con el tipo de relación que los humanos hemos venido teniendo entre nosotros y con el planeta que habitamos y nos cobija. Afecta a esa misma sociedad en que debe hacerse posible la convivencia y a ese mismo planeta del que debemos obtener los recursos para vivir con dignidad. La desigualdad, como los residuos de nuestros procesos productivos y de consumo, serán cada vez más difíciles de “esconder bajo la alfombra”; simplemente porque la crisis hizo desaparecer aquello que cubría las iniquidades y las irresponsabilidades.

Trascendiendo el debate acerca de los diferentes niveles de responsabilidad en la conformación del cuadro ético, cultural, económico, social y ambiental que hoy disponemos; es posible advertir que los efectos de la pandemia, si bien alcanzaron prácticamente a toda la población de la Tierra, no lo han hecho de la misma manera. El modo de afectación parece haber sido inversamente proporcional al protagonismo en la generación de la actual crisis ambiental. Dicho en palabras más sencillas, parece que el mayor costo de los efectos de la pandemia lo están pagando precisamente aquellos quiénes menos han aportado a crear las condiciones que la hicieron posible.

A casi un año y medio del inicio de la Pandemia, la realidad demuestra que la forma de salir de ella no será igual para cada ser viviente en la Tierra. Si se observa el tipo de decisiones que pudimos conocer en los procesos relacionados a las vacunas -investigaciones y desarrollos tecnológicos, experimentaciones, registro de patentes y distribución global y local de las vacunas- nada haría pensar que las cosas vayan a cambiar mucho a la hora de resolver los desafíos que ya se plantean en la posible frontera de salida de la Pandemia.

La manera en cómo se han de encarar los problemas de la recuperación de empleos e ingresos dignos, oportunidades educativas perdidas, junto a la satisfacción elemental de las necesidades sanitarias, alimenticias, habitacionales, comunicacionales, digitales, etc. será la puesta en evidencia de cuáles son los verdaderos valores éticos de los principales actores globales y locales. No será posible - ¿o tal vez sí? - levantar un muro comunicacional lo suficientemente alto y espeso como para que los desfavorecidos del mundo, no se enteren cómo viven los que logren vivir bien, y así reclamen lo que ven que es posible.

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